Agustín Monsreal, cultivador y promotor del cuento

En el marco de la campaña “Contigo en la distancia” de la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través de la Coordinación Nacional de Literatura, conmemora el 79 aniversario del nacimiento del narrador y poeta Agustín Monsreal (Mérida, Yucatán, 25 de septiembre, 1941), asiduo cultivador y promotor del cuento.

El autor de Cazadores de fantasmas (1980) describe en entrevista su trayectoria como la aventura humana y literaria más generosa, sincera y significativa que le pudo haber obsequiado la vida, “mi destino de escritor, al que debo lo que soy; tengo, sueño y creo (de creer y de crear) esa magia, ese misterio radiante que me ha permitido a lo largo de más de 50 años no sólo llevar a cabo lo que quiero, sino además hacer lo que absolutamente nadie puede hacer por mí. Y eso es algo verdaderamente impagable”.

Respecto al significado que encierra el concepto de literatura, Monsreal asevera que existen dos vías para llegar a éste, “una muy breve e inconmensurable, que abarca en su totalidad el grano de arena y resume la eternidad, es el amor: el más grande, íntimamente universal e intransferible de todos los dones con los que estamos dotados los seres humanos”.

“El amor es el único bien, el único recurso cien por ciento compartible y renovable que, en su esencia, es como la literatura: mientras más doy, más tengo. ‘Ama y haz lo que quieras’, nos recomendó alguna vez un famoso chamán. Por eso me atrevo a afirmar, sin temor a equivocarme ni a pecar de cauto o excesivo, que es preferible perderse en el amor a perder el amor”, explica.

En 1979 fue publicada una de las obras cumbre de su trayectoria: Los ángeles enfermos, que un año antes obtuvo el Premio Nacional de Cuento que otorgaron el INBAL y la Casa de la Cultura de San Luis Potosí, y la cual representó para Monsreal su puerto de partida y de llegada.

“En los cuentos de este libro se encuentra ya el germen, el sustento y la íntima convicción de los que habrían de ser mis querencias, mis apetitos, mis delirios y mis obsesiones de vida y literarias, los cuales han sido por igual mis iluminaciones y mi ruta a seguir: los conflictos inagotables de los exilios interiores que reflejan la profunda crueldad y la ternura no canjeable, extremos con los que cuenta la condición humana en el abanico infinito de pasiones que la conforman”.

El escritor también resalta de este volumen el acto de “proporcionar a cada hecho que cuento el valor único de lo que merece ser contado, la hondura del hallazgo de una emoción insustituible y el sentido preciso de una verdad, de una ensoñación, de la aproximación a una realidad que, a mi entender, toque las fibras más sensibles de mi otro yo: el lector”.

Sobre el primer acercamiento con su vocación, comparte que, si bien no lo recuerda con exactitud, supone que fue antes de que se le revelara la intuición literaria. “Pasé por una larguísima serie de experiencias que me inculcaron la pasión y me acercaron al suceso primordial de mi vida: el encuentro con mi amante definitiva, la literatura. Haber sido mudo, enteramente mudo hasta los siete años de edad, me permitió desarrollar mi capacidad de observación y el aprendizaje del silencio, la paciencia y las seducciones de la imaginación, además de pulir en mis adentros la joya más preciada: la palabra.

“Puedo afirmar, desde el ser sinceramente literario que soy y enmendándole un poquito la plana a Borges, que he cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer: he sido feliz”, concluye.

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