Alberto Blanco: al servicio de las palabras

Alberto Blanco: al servicio de las palabras

Este fin de semana el poeta, músico y artista plástico Alberto Blanco (Ciudad de México, 1951) recibirá el Premio del Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde 2019, que cada año se realiza en la ciudad de Zacatecas por el empeño del poeta José de Jesús Sampedro.

Autor de más de una treintena de libros, Alberto Blanco accede a una entrevista con Notimex para hablar acerca de su obra poética y de sus concepciones de esta forma de expresión a la cual ha dedicado la mayor parte de su vida.

Entre otras cosas, usted estudió filosofía, ¿cree que es correcto lo que dice Miguel de Unamuno de que el poeta y el filósofo son uno mismo.

Yo creo que no, que la poesía y la filosofía son dos artes, dos prácticas, dos oficios, dos lenguajes diferentes. Puede ser que ambas, la poesía y la filosofía, aspiren en última instancia a la verdad; o a una cierta verdad.

La ciencia también. “Poesía y verdad, tal como las entendemos”, dice René Char, “son sinónimos”. Y precisamente, si en algo difieren la poesía y la filosofía, es en la manera de usar las palabras en la búsqueda de la verdad: su verdad.

En este punto crucial la poesía y la filosofía pactan una alianza: ambas actividades ancladas en el lenguaje intentan acercarse a la verdad mediante una utilización muy peculiar de las palabras. Una manera de usar el lenguaje que las coloca en la posición de los dos platillos de una misma balanza: sí, es bien cierto que forman parte del mismo aparato, pero sus círculos de acción son diametralmente opuestos. Antitéticos. Así nos lo hace constar Borges cuando dice: “El poeta no construye enunciados sobre la realidad, sino construye la realidad por medio de enunciados”.

Tengo entendido que sus primeras lecturas poéticas fueron de personajes como Baudelaire y Rimbaud, ¿cree que el poeta debe comportarse bajo la figura, un tanto cliché, de poeta maldito, viviendo su vida al límite para realizar su arte.

Hace algunos años, en una larga entrevista que me hizo Elena Poniatowska, me preguntaba si yo había comenzado leyendo a López Velarde. Y yo le dije que no, que en la adolescencia yo no conocí a López Velarde. Y eso que fui un lector precoz; había leído muchísimo para mi edad, pero había leído poca poesía.

A los 16 o 17 años comencé a descubrir a todos los simbolistas franceses, a Baudelaire, a Rimbaud, y a través de ellos a los surrealistas. Realmente la poesía mexicana la comencé a descubrir después, de tal manera que López Velarde no fue de mis primeras lecturas.

En todo caso queda claro que algo pasó en aquellos años (y yo creo que es una experiencia central para entender la práctica de la poesía) cuando descubrí que las palabras no son nada más un simple vehículo para expresar lo que uno siente, lo que uno piensa, lo que uno imagina, lo que uno sueña, lo que nos duele o nos molesta, sino que en el lenguaje y con el lenguaje existe otra posibilidad, que es lo que a mí se me reveló entonces, a los 18, 19 años, que es la de empezar a descubrir lo desconocido a través de las palabras. Se trata, por decirlo así, de un proceso que bien podríamos considerar inverso al normal: uno se pone al servicio de las palabras, y las palabras son las que empiezan a guiar la búsqueda y a mostrar cosas que uno jamás había pensado, que nunca había sentido, que no había soñado o imaginado.

Cuando se abre la posibilidad de usar las palabras al revés de como se usan normalmente, comienza un juego por entero distinto. Desde entonces la escritura se convirtió para mí en un verdadero oráculo, una práctica de introspección y de conocimiento. Si se quiere, se puede ver una relación aquí entre la práctica de la poesía en mis inicios y el llamado de Rimbaud, más que al desarreglo sistemático de los sentidos, a la alucinante posibilidad de que el poeta se convierta en vidente: que sea capaz de ver más que los demás y más allá.

Alejandro Romero

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