Austria no logra reducir contagios

Un mes después de iniciar su tercer cierre de la actividad económica, cultural y social debido a la pandemia, Austria sigue sin lograr reducir sustancialmente el número de contagios de la covid-19, mientras la población atiende cada vez menos la petición del Gobierno de quedarse en casa.

De los 1,900 nuevos positivos contabilizados el 26 de diciembre, cuando cerraron de nuevos bares, museos, teatros y colegios, el país ha pasado a los 1,500 de hoy, una pírrica reducción que los expertos achacan a la aparición de nuevas variantes más contagiosas del virus y al hartazgo de la gente.

Aunque los contactos sociales están limitados y hay un toque de queda de 24 horas, los controles son prácticamente inexistentes y a las excepciones típicas de ir al trabajo, hacer la compra o ayudar a otros, en Austria se suma un muy genérico permiso de salir para el «esparcimiento corporal y físico».

«Los confinamientos están perdiendo efecto», asegura a Efe Peter Klimek, experto en estadística de la Universidad de Medicina de Viena, que ha analizado la movilidad de la población durante la pandemia, usando datos anónimos de ubicación de teléfonos móviles.

Según Klimek, cuyos modelos y predicciones son usados por el Gobierno para tomar decisiones, los últimos datos muestran que la movilidad ciudadana se redujo entre un 20 y un 30 % durante el actual confinamiento, frente al 70 % del cierre de marzo y el 45 % del de noviembre.

Esto explicaría por qué durante el segundo confinamiento se fueron reduciendo los nuevos casos hasta poder relajar las medidas en las dos semanas previas al 26 de diciembre.

Aunque Klimek advierte de que no siempre hay una relación directa entre aumento de la movilidad y crecimiento de contagios, los datos muestran, con alguna excepción, que en la regiones donde la gente se queda más en casa, como Viena, la incidencia de contagios es menor.

Por contra, Salzburgo, donde la movilidad sólo ha bajado un 12 %, tiene una incidencia más del doble que la de la capital.

«Es urgente que busquemos otras formas de intervención, contención y control de la pandemia más allá de cerrar todo, para enfrentarnos a esta crisis», asegura el científico, que explica esa violación de las restricciones en el cansancio mental y económico de la gente.

Desde ayer es obligatorio usar mascarillas FFP2 en el transporte público y las tiendas, y se ha duplicado la distancia de seguridad interpersonal a dos metros.

Klimek apunta al uso de mascarillas FFP2 como una alternativa a los cierres, que en su opinión debe estar complementado con un mayor rastreo de los positivos, el aislamiento de las zonas más afectadas y nuevas formas de test, como las pruebas de antígenos caseras.

El objetivo del Gobierno, formado por el Partido Popular y Los Verdes, es llegar al 7 de febrero, cuando termina el confinamiento, con una incidencia acumulada en siete días de 50 casos por cada 100,000 habitantes para comenzar la reapertura.

Ese índice lleva estancado desde hace una semana alrededor de 120, lo que hace improbable pensar que se cumplirá esa meta.

Según Klimek, con las restricción actuales «llevaría mucho tiempo alcanzar» ese objetivo, aunque admite que es muy difícil predecirlo por la aparición de las nuevas variantes.

«La pregunta no es si abrir o no, sino poder reabrir de forma segura», opina el investigador, que cree que la única solución es que ese creciente contacto social sea lo más seguro posible.

El Gobierno austríaco decidirá la semana que viene si prolonga o endurece el confinamiento o si inicia una gradual apertura aplicando nuevas medidas de seguridad.

Tras manejar relativamente bien la primera ola y sin apenas casos durante el verano, la segunda fase de la pandemia ha golpeado fuerte a Austria, hasta el punto de que el 90 % de las infecciones y los fallecimientos se han producido desde octubre hasta ahora.

amanecerweb

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