El espíritu inútil: Preparativos para salir

El momento más serio de la vida dura entre 45 minutos y una hora y cuarto, y sucede todos los días; es tan serio que ni siquiera es solemne, pero hay que estar atentos.

Los niños, con sus almitas en ciernes, no entienden lo que pasa: nada más los sacan de la cama, los zangolotean del cuarto a la cocina, les echan agua fría en la cara, les aplican un licuado y luego se los llevan como bultos a la calle.

Y solamente se dan cuenta de que, quién sabe por qué, éste es un momento clave, donde no se vale ni remolonear ni hacer chistes. Es cuando suenan los despertadores, las regaderas y las secadoras; se abren y cierran puertas de clósets, de refrigeradores y del baño; los pasos son cortitos, cortantes y rápidos, y todos se mueven sincronizados, como comandos de acción, para esquivarse sin rozarse ni decirse compermiso.

Nadie quisiera tener cónyuge ni expectativas ni deberes, y que la casa estuviera vacía, que fuera sábado, estar enfermo, que se pudriera el mundo. Lo mejor es tener la ropa lista desde el día anterior.

La televisión está prendida por decisión del destino, y ahí aparecen puros hipócritas, traidores, mercenarios locuaces que, como Minerva, la diosa romana que nació armada, parece que nacieron vestidos, impecables, inteligentes, y la noticia que se oye es siempre la misma: que el mundo allá afuera está lleno de gente segura, confiada, asertiva, y a todos les encanta emprender y competir; y que las babosadas son muy importantes.

Mientras, hay que checar que en la mochila esté el estuche, que no se vaya a salir el limón del tóper de las jícamas, que traiga cambio y el inolvidable celular esté cargado; y voltear al cielo para ver si va a haber lluvia o si, por lo menos, está Dios.

Pero, más que nada, vigilar el rímmel, que no se note que la camisa lleva ya dos puestas, y ensayar el humor que va a necesitar allá afuera, donde están los demás, esos desalmados que lo van a checar a uno.

Y, por eso, el espejo, cuadro de luz de cuerpo entero que le explica sus defectos, es el centro de los movimientos, primero en plan frontal, y luego ya de pasada y de reojo y de última consulta para ver si se atreve a salir, porque la pregunta no es “¿cómo me veo?”, que eso no importa, sino “¿cómo se ve?”; esto es, cómo lo ven, porque el espejo es el representante del resto del mundo, y no muestra lo que uno ve, sino lo que le van a revisar los demás cuando salga.

Y parece que esta es la clave con la que no dan los niños: que en este momento lo que sucede es que uno está aquí dentro, donde nadie lo ve, pero tiene la mente allá fuera, donde todos lo miran, y por lo tanto uno ya no está ni en el calor del hogar ni en el frío de la oficina, sino en otra parte donde se entrechocan.

Y, de hecho, mientras más duro es el lugar adonde va, por ejemplo a pedir trabajo, a tener que hacer una presentación en Power Point, o hay chismes, indirectas y otros escarceos, y mientras menos blando es el lugar de donde sale, como cuando no hizo la tarea o le duele la panza o carga con una timidez de antología, el momento agarra una intensidad inmisericorde.

Quien jura que hoy sí va a salir cinco minutos antes sabiendo que va a salir cinco minutos tarde, no es porque se le vaya el santo al cielo sino porque el trago amargo se le hace cuesta arriba. Y lo peor del momento es que no es nada heroico y ni siquiera amerita contárselo a nadie. Sólo Proust fue capaz de escribirlo.

Novalis, el inteligentísimo romántico, decía que ahí, en ese momento, es donde se localiza el alma, porque es ése el espacio borroso e indiscernible entre el ánimo y el exterior, entre lo íntimo y lo social, entre uno y el mundo, entre lo privado y lo público, y es ahí, y sólo ahí, donde uno se palpa a sí mismo al topar con lo otro.

Las amas de casa, que no salen, no lo sienten; los workalcohólicos, que no paran de estar afuera, tampoco. Porque el alma es justamente el preparativo para salir. Ya después se olvida. Es lo que queda entre la casa y el empleo.

Pero entonces todavía le falta un cacho de alma por recorrer, porque el alma se le alarga durante el trayecto, cada vez más suavizada, como diluyéndose, de que uno sale de la puerta a que llega donde va, y se estira en el corredor, las escaleras, el elevador, por la banqueta hasta la esquina, en el Metro donde hay un anuncio que dice “No importa cómo, se llega hermosa”, en el taxi o en el coche, donde todavía hay espejitos, retrovisores o portátiles, hasta que por fin llega a su destino.

Y hace su entrada triunfal e hipócrita de que así es uno de impecable, inteligente, baboso e importante. Y uno mismo se ha vuelto un desalmado como los comentaristas de la televisión y como todos los demás.

Y los espejos quedan agotados, casi opacos, y se tienen que quedar todo el día a solas para reponerse.

amanecerweb

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