Gregorio López y Fuentes, la revolución desde sus héroes anónimos

Considerado uno de los más prolíficos autores veracruzanos, Gregorio López y Fuentes se ganó un sitio en la literatura nacional, con una obra que transita entre la novela de la Revolución y la indigenista, género que inauguró con su novela El Indio (1935), la cual por cierto le valió el primer Premio Nacional de Literatura que se otorgó en el país. Su texto presentaba al indio más que como un personaje, como un ser colectivo, como una suma de héroes anónimos que habían dado sustento al movimiento armado de 1910.

En ese momento López y Fuentes ya no era un novel escritor, tenía poco más de 20 años en el oficio y novelas como El vagabundo (1922), El alma del poblacho (1924), Campamento (1931), Tierra (1932) y Mi general (1934) que apuntaban a la línea de El Indio, que lo consolidó por ser, dicen los especialistas, la síntesis humanística de un pueblo que es retratado como producto de un pasado de injusticias y que pese a todo mantiene la esperanza, situación que conocía muy bien, desde sus propios orígenes en la hacienda El Mamey, en el municipio de Chicontepec, Veracruz, en plena huasteca, donde había nacido el 17 de noviembre de 1897.

Escritor y periodista, Gregorio López fue revolucionario hacia 1913, carrancista defensor del puerto de Veracruz durante la invasión norteamericana de 1914. Luego se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Normal de Maestros, donde llegó a impartir clase de literatura y más adelante fundó la revista Nosotros, al lado de Rodrigo Torres y Francisco González Guerrero.

Cuentan sus biógrafos que influenciado por el modernismo de la época publica su primer libro de poesía en 1914 (La siringa de cristal) aunque fue una etapa en la que se dedicó más a la enseñanza; sería hasta 1921 que retoma la actividad literaria y periodística como colaborador de El Universal Ilustrado y redactor de El Gráfico, donde escribió durante un lustro la sección La novela diaria de la vida real, en donde sucesos de la vida diaria eran tratados como literatura.

Su segundo libro de poesía vino en esta época cuando escribió Claros de selva (1922) y su primera novela El vagabundo, a la que dos años después le siguió El alma del poblacho.

Los años 30 fueron los más prolíficos, como evidencia su producción que incluye las novelas El campamento (1931), Tierra y la Revolución agraria en México (1932), ¡Mi general! (1934), El Indio (1935), traducida a varios idiomas, Arrieros (1937) y Huasteca (1939)

También fueron años agraciados para su actividad periodística pues llegó a ser director de El Gráfico, entre 1937 y 1945, lapso en el que también escribió Nosotros los maestros. Acomodaticio. Novela de un político de convicciones (1943) y Los peregrinos inmóviles (1944).

También dirigió El Universal, entre 1945 y 1952, en cuya época se editaron la novela Entresuelo (1948) y Milpa, potrero y monte (1951) además de Cuentos campesinos de México (colección de 32 tradiciones populares. En 1953 dejó el diario para dirigir la editorial Novaro hasta 1956 y en 1959 ocupa el cargo de vocal fundador de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuito.

A López y Fuentes se le identifica dentro de la novela revolucionaria sobre todo por textos como ¡Mi general!, a la que se considera una de las más impactantes de este periodo, al describir la vida de un campesino que con más valor que preparación alcanza el grado de general en la lucha armada y la espiral de seducción que va desde mujeres, negocios, cargos políticos, falsas promesas y una infinidad de lazos que lo atan y lo han de llevar a su ruina.

Mientras que El Indio se sitúa en el lapso más tardío de la novela de la Revolución y el comienzo de la narrativa indigenista que además de con él, encontró sus mejores exponentes en Antonio Mendiz Bolio (La tierra del faisán y del venado), Bruno Traven (La rebelión de los colgados), Andrés Henestrosa (Los hombres que disperso la danza), Ermilo Álvarez Abreu (Héroes mayas), Francisco Rojas (El diosero), Rosario Castellanos (Balún Canán) y Eraclio Zepeda (Benzulul).

De acuerdo con estudiosos del tema, la narrativa realista de López y Fuentes toma sus materiales de la historia mexicana del siglo xx, recrea la Revolución de 1910, el problema agrario, la vida de los indios mexicanos, la problemática petrolera, la corrupción de la clase dominante que emerge con el movimiento revolucionario, y uno de sus mayores aciertos es que no hace política, se limita a presentar una serie de personajes que exponen diversas problemáticas del momento y que al final resuelven conforme a la idiosincrasia del mexicano “de abajo”, dado que toda su obra se inspira en hechos, gente y problemas reales, cuyo origen está en el conflicto entre el latifundio y los campesinos.

Se le destaca, entre otras cosas, por dar a conocer diversos aspectos de México, algunos incluso lamentables pero que son propios, dicen, de cualquier país que se ha levantado y ya camina derecho a su destino.

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