Hallan un cadáver embolsado en Chalco

Hallan un cadáver embolsado en Chalco

Recién el día de ayer, la esposa de Bloom dio a conocer el fallecimiento del mítico teórico literario, detallando que impartió su última clase durante el jueves de la semana anterior, a lo cual le sobrevino un recrudecimiento de ciertos malestares que terminaron por arrebatarle la vida a sus 89 años de edad.      

Tras la noticia del deceso de quien escribiera aproximadamente 40 libros durante su prolífica carrera intelectual, en la sección de Cultura nos  hemos dado a la tarea de buscar a algunos especialistas en literatura, quienes amablemente han realizado un análisis y distintas reflexiones con respecto al legado que ha dejado el autor de —entre otros tantos libros— El canon occidental (1994).

¿Quién ha sido Harold Bloom en el mundo de las letras?

Primeramente, a pregunta expresa acerca de cómo definir a un hombre con tan larga trayectoria intelectual como el caso de la personalidad literaria aquí referida; Iván Peñoñori (Buenos Aires, 1973), licenciado en Creación Literaria y maestro en Comunicación y Política por la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, expresó:

—Bloom fue un renombrado lector, crítico y polemista, quien definió un controvertido y muy conocido canon literario construido, en su mayoría, en lengua sajona. Renegó de las lecturas políticas y psicoanalíticas que desde los años sesenta se hicieron de la literatura. En cambio, defendió temas controvertidos como la figura del genio, desoyendo la disputa por los lugares de enunciación y producción del discurso literario.      

Por su parte, Rafael Mondragón (Tabasco, 1983), maestro y doctor en Letras por el Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), afirmó que «con Harold Bloom se va uno de los últimos grandes lectores que ha tenido la crítica literaria occidental de los últimos años. Fue conocido ante todo porque logró combinar la crítica literaria especializada con un estilo que era capaz de dirigirse al gran público; así también, logró compartir grandes preocupaciones vinculadas con el carácter humanizador de la obra de arte, además del valor estético intemporal asociado a las grandes obras producidas por la humanidad».      

Tras presentarle la misma pregunta, Alejandra Amatto (Montevideo, 1979),  licenciada en lengua y literaturas hispánicas, así como maestra y doctora en Literatura Hispánica por el Colegio de México (COLMEX), no dudó en responder que:     

—Sin duda, Harold Bloom es uno de los críticos más reconocidos en los últimos 50 años. Fue un autor que básicamente se dedicó a una proyección y un estudio de la literatura, que podríamos llamar universal —desde el punto de vista más formal—, construyendo un sistema desde donde él, de alguna forma, consideraba la construcción o el manejo del material literario por el sistema del canon.      

«En primer lugar genera esta concepción problemática de entender a una serie de textos como parte fundamental de la tradición de la humanidad dentro de la literatura, por supuesto su libro El canon occidental genera toda una controversia porque es un texto que considera una tradición de lo literario vinculada principalmente a la cultura occidental, a lo francés, anglosajón y por allí hay menciones en el caso de la lengua española con Cervantes; y en América Latina a través de Borges y Neruda. Esto nos deja entrever una concepción de la literatura que José Emilio Pacheco discute en un texto, en donde plantea la emergencia de las influencias y la creación de los precursores, cuestionando un poco la visión contrapuesta de Bloom con el concepto borgeano de precursor».

Debates y críticas acerca de su obra

Bloom fue un incendiario en el campo de las letras, pues no rehusó ningún debate ni confrontación ante una serie de planteamientos teóricos y políticos como el marxismo, distintos feminismos, el giro multiculturalista e incluso la postura psicoanalítica.      

En ese sentido, el también estudiante del Doctorado en Ciencias Sociales de la UAM-X, Iván Peñoñori, sostiene que el autor de Shakespeare: la invención de lo humano (1998), «polemizó tanto con la lectura feminista, como también contra la culturalista de la literatura. En Latinoamérica está asociado a una lectura crítica algo conservadora que reconoce valores intrínsecos en el texto, disociados muchas veces de las derivas ideológicas». En ese plano de los adversarios que Bloom buscó y con quienes discutió ideas durante varias décadas, Rafael Mondragón es claro al afirmar que el profesor de Yale:     

—Fue un gran enemigo del giro teórico vinculado a los estudios culturales y a la entrada de una variedad del pensamiento marxista muy cercano a la teoría. También después fue un gran crítico de los estudios poscoloniales, frente a las lecturas culturalistas y politizantes que mostraban los condicionamientos de raza, clase y sexo, que habían construido un sesgo en las grandes obras de la literatura occidental.      

«Bloom reclamó la necesidad de considerar los valores estéticos en sus propios términos y su propia especificidad. Se volvió un crítico beligerantemente conservador, pues defendía posiciones políticamente incorrectas en una época en que la academia norteamericana asumió un carácter marcadamente político, de izquierda; y comenzó a construir obras teóricas que, por un lado, declaraban un compromiso con la sociedad y la política y, por el otro, se escribían en un lenguaje cada vez más técnico y más abstruso y con poca relación con la experiencia cotidiana de la mayoría de la población».      

En este plano de analizar los puntos de luz y sombra en la obra de crítica literaria en Bloom, la especialista en Literatura latinoamericana del siglo XX y XXI, así como en literatura fantástica, policial y gauchesca, Alejandra Amatto, expreso lo siguiente con respecto a la relación de Bloom con América Latina y otras literaturas que salían del denominado canon occidental (blanco, eurocéntrico y hasta cierto punto patriarcal, establecido por el autor de La ansiedad de la influencia: Una teoría de la poesía (2009):     

—Es un autor que en América Latina tiene una circunstancia bastante particular, porque en definitiva no nos permite sentirnos parte quizá de cómo entendía la literatura. Su visión del canon es una visión bastante excluyente de alguna de las concepciones literarias que nos hacen ser a nosotros como continente, ni qué hablar de otras tradiciones como la asiática que no pertenecen al canon occidental como él lo llamó.      

«Tenía un gusto especial por estas construcciones de lo estructurado a través del canon; tiene otro texto importante sobre cuentos y cuentistas titulado El canon del cuento (2009), allí los únicos autores latinoamericanos que menciona son Cortázar y Borges: esto es bastante interesante pensando en la gran cantidad de autores latinoamericanos que han desarrollado el cuento. Gusta de esto, de construir clasificaciones categóricas».      

Pareciera que Bloom se buscó batallas de más, como si gastara energías o cartuchos en abrir frentes innecesarios. ¿Esto no le restó capacidad de incidencia en los lectores? ¿No le encerró en un gueto desde la crítica literaria en donde solo podía mirar a ciertas corrientes, narrativas, autores y maneras de contar al mundo? El doctor Mondragón nos aclara un tanto el panorama:      

—Creo que esa polémica que mantuvo con la izquierda académica ha oscurecido mucho de su legado, de la mirada que tenemos sobre él; sin embargo, aunque parezca paradójico, el estilo ensayístico de Bloom y su capacidad de hablar de las experiencias profundas que las obras transmiten, le daba a esas obras un talante mucho más democrático que el de muchos de sus adversarios.

El legado de Harold Bloom

En la misma coordenada establecida por el profesor de la UNAM, Rafael Mondragón, en torno a que la propia actitud beligerante en Bloom puede ser parte de su herencia intelectual, pareciera que tal modo de habitar la crítica literaria fue un elemento fundamental en la manera  en que sus obras impactaron en Occidente. Bloom echaba gasolina al fuego, buscando que en esas llamas se produjera un poco de debate acalorado sobre las letras, cuestión difícil de generar en el grueso del público lector, tal como lo asegura nuestro entrevistado:       

—Por eso logró algo que hoy prácticamente ningún académico en los estudios literarios consigue: producir libros que están en las listas de los más vendidos y que las editoriales comerciales se peleen por publicarlo. Creo que en esa actitud hacia el gran público está lo mejor de su legado, también dicha herencia está en esa defensa apasionada de la literatura misma, la cual se vincula a su carácter de polemista, a la gran cantidad de juicios injustos que a veces hacía, a esa propensión a pelearse y construir grandes polémicas.      

«[Dichas disputas] tienen que ser leídas como demostraciones de un temperamento amoroso, que como todos los temperamentos amorosos se apasiona y es a veces injusto».      

Si bien le ha conferido críticas adversas, la doctora Amatto también encuentra puntos de luz en la obra literaria de Harold Bloom. Puntualmente, subraya la importancia del análisis arduo y extenso que el autor hiciera de la obra de William Shakespeare, esto en Shakespeare: la invención de lo humano (1998). Así lo dejó saber al responder a nuestro llamado durante una entrevista vía mensajería instantánea:      

—También el gran aporte de Bloom es el estudio de Shakespeare, el cual tiene que ver con la manera en que desarma la visión canónica de un autor como él en la tradición occidental y pone énfasis en algunas obras que considera fundamentales; desmenuza de manera negativa otras que para la tradición occidental parecían las más importantes en la obra de William Shakespeare.      

«Apunta a una visión de la literatura muchas veces conservadora, en donde se entiende que lo eurocéntrico y anglosajón son parte constitutiva de todas las tradiciones de la literatura en general y esa visión creo que ha ido cambiando; ya no hablamos tanto de literaturas universales sino como dijo Ottmar Ette: de las literaturas del mundo, eso es más incluyente. Y los cánones construidos, el de Bloom uno de ellos, siempre se afirman bajo criterios de dominación, poder y distribución también de las posibilidades editoriales».

Bloom, el incendiario: un hacedor de puentes

El profesor de Yale impartió clases hasta pocos días antes de su muerte. Fue un tenaz polemista en las páginas de un libro, desde la propia red de la Internet y dentro del aula universitaria. Hacedor de adversarios y fácil productor de juicios, muchas veces exagerados, Bloom también construyó vínculos a través de esa actitud de incendiario. ¿Quién dice que la confrontación no produce afectos? ¿Quién puede negar el impacto de una batalla intelectual sin tregua?      

El doctor Mondragón comparte su sentir acerca del fallecimiento de Harold Bloom, reafirmando su admiración ante el crítico literario a quien no le niega poseer claros y oscuros dentro de su obra de crítica literaria:       —Con los años fue modificando muchas de sus posiciones, fue adquiriendo un talante cada vez más abierto hacia tradiciones literarias no occidentales, aunque nunca pudo superar algunos grandes problemas de su propia visión, como por ejemplo que la mayoría de las grandes obras en lenguas como el español, las leyó siempre en traducciones y, por lo tanto, siempre tuvo una visión muy mediatizada de lo que ofrecían tradiciones lejanas a la suya.      

«Sin embargo, sigo apreciando en sus obras esa mirada creadora, esa capacidad de conectar con los sentimientos y las experiencias, ese deseo de hacer que la gente se acerque a las obras más extraordinarias y ese deseo de construir un espacio radicalmente igualitario para la apreciación de las experiencias humanas. Aunque él fuera un hombre conservador en lo político, admiro su forma de dar clases, de compartir lo que sabía, de compartir sus apreciaciones en internet; y su forma de escribir habla de ese temperamento que, a mí me parece es radicalmente igualitario. Construye puentes, hace que lo que parece complicado se revele como algo a lo cual todos podemos acceder. Por ese motivo me puso muy triste la noticia de su muerte».      

¿Quién duda que tras su muerte puede apagarse el incendio de ideas y letras creado por Bloom? ¿No estaremos, simple y llanamente, ante una llama que se atiza cada vez más y que incluso no pareciera extinguirse en el corto plazo? ¿Un incendiario intelectual deja de serlo solo por morir o acaso sus ideas se mantienen, lastimadas, algo golpeadas, con polvo y críticas severas en su contra, pero vivas a lo largo del tiempo? ¿El incendio desde la crítica literaria atizado por Harold Bloom se apagará tras su fallecimiento? Lo dudo: hay ideas que lejos de consumirse, arden y perduran, pues sus propios hacedores continúan alimentando el fuego.     

Aún a pesar de la muerte.       Aún habitando al otro lado de la frontera de la vida.

Alejandro Romero

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