La literatura contra los monstruos de la realidad

El personaje central de Las alas del deseo, aquel filme de Wim Wenders, le dice a su colega, otro ángel, que siempre han fingido beber vino, comer cordero asado, dislocarse la cadera en una pelea o pescar en compañía.

Él anhela volver a casa después de un día pesado, tener fiebre, mancharse las manos de tinta al leer el periódico, dar de comer al gato, suponer en lugar de saberlo todo… sentir como lo hace una mujer o un hombre y no ser, simple y llanamente, ángeles.

Damiel, el ángel que viste siempre de negro y sólo puede reconfortar a los seres humanos cuando se sienten decaídos, quiere vivir, sentir dolor y alegría, no ser eterno sino fugaz, como cuando besamos esos labios rojos y afilados que nos harán caer al vacío.

Sentir y no ser eternos, como cuando abrazamos a esa recién nacida y el corazón se nos sale del pecho; sentir la soledad de una sala de espera en un hospital; la extranjería en una ciudad desconocida, Buenos Aires o Madrid; sentir la felicidad fugaz como cuando esa persona dobla la esquina en cierta calle e ilumina la acera y tu vida. Desear como quien no sabe cuándo morirá.

¿Quién renunciaría a la eternidad por un momento de heroicidad en los labios del ser amado? ¿El cielo o la Tierra? ¿Inmortales o frágilmente efímeros? ¿Siempre o sólo hoy? ¿Unos segundos para sentir que tomamos el cielo por asalto o la eternidad llena de días repetidos, uno tras de otro, como en un baile de hojas arrancadas al calendario?

Si estamos aquí es porque hemos decidido renunciar a la eternidad y nos volvimos humanos… fugaces… indefensos… con tan sólo unas cuantas palabras, relatos, recuerdos en nuestra memoria y días dulcísimos que atesoraremos hasta que nuestro corazón deje de latir. Caímos y elegimos la vida, para morir, tarde o temprano. ¿Qué vence a la muerte? Quizá… la literatura, dice nuestro entrevistado Benito Taibo (Ciudad de México, 1960).

Miembro de una familia en donde las palabras son invitadas de honor a la mesa, Benito Taibo invita a vivir vidas extraordinarias. Corrijo: no sólo invita, sino le recuerda al lector que todos tenemos derecho a vivir una vida extraordinaria, aunque sean únicamente unos minutos donde le arrebatemos al absurdo y a la muerte tan sólo breves momentos de eternidad, que ya sabemos no se halla en los cielos sino aquí abajo, en ciertos ojos, en cierta sonrisa, en el sabor del vino o en la página final de tu libro preferido.

amanecerweb

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