Marcela Serrano: el enorme privilegio de la escritura

En algún fragmento de El manto (Alfaguara), la novela más reciente de la escritora chilena Marcela Serrano, se expresa la siguiente frase: “Nos han arrojado una bomba atómica sobre nuestras cabezas. Fuimos siempre cinco hermanas. Se ha roto, irreversible, nuestra fanática identidad”.

Marcela Serrano se refiere al fallecimiento de su hermana Margarita, ocurrido en noviembre del año 2017. La novelista nacida en Santiago de Chile ha escrito una historia para transitar uno de los golpes más fuertes que ha vivido; pero quien incluso ha padecido el exilio, derrotas políticas, temores y soledades… no escribió una ficción en El manto sino ha novelado la vida (¿o la muerte?), esa que insiste en existir aun cuando una bomba atómica ha caído por sobre nuestras cabezas.

La también autora de Nosotras que nos queremos tanto (1991), en la novela dedicada a su hermana Margarita lanza toda una declaración de principios para la vida y la literatura: “Si los caídos son los muertos y los vivos los vencedores, tomo partido por los caídos”, por ello, entonces, sólo así se comprende esa frase final con la cual cierra El manto… frase bella, potente como dos planetas chocando entre sí… tierna y rebelde, desde donde Marcela Serrano escogió a un enemigo (casi) invencible. Ella, en la última página de su novela, dice: “No le daré la victoria a la muerte. Sigo escribiendo”. Y sigue escribiendo… por sus muertos, por Margarita.

Es una desigual batalla, pero seguramente es mucho mejor librarla que hallarse instalado en la depresión o inscribirse a un curso de gastronomía oriental para mantenerse ocupado y no pensar en la muerte.

Un referente absoluto de nuestra entrevistada es el escritor Elías Canetti, quien se obsesionó tanto con los estragos que la muerte deja a su paso que llegó a acuñar la hermosa, ilusoria y vehemente expresión: “Narrar y narrar hasta que nadie muera”.

Y me atrevo a sugerir que esta misma entrevista puede ser también una manera de narrar y narrar hasta que nadie muera. Quizás así hoy, al menos (que no es poco, para nada es poco) la muerte no salga victoriosa: quizá si escribimos, ella —la novelista chilena allá en Santiago, pensando en Margarita— y yo aquí en Ciudad de México, quizás así, escribiendo y escribiendo, logremos —sin que Dios ni el Diablo se enteren— que la muerte sea derrotada, simple y llanamente a través de las palabras: el conjuro quizá sea ese: narrar y narrar hasta que nadie muera. Escribir hoy… mañana… siempre, siempre, así hasta que nadie muera nunca más, pero también hasta que los muertos vuelvan a estar entre nosotros.

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